Karabatic viral, la mejor obra de Josep Seguí


Suele ocurrir en las tierras más incrustadas en la realidad, donde lo cotidiano y la línea recta entre dos puntos marcan la ruta del futuro. Suele ser allí donde explota la creatividad más feroz, creatividad para emprender una huida ciega en todas direcciones con el fin de escapar del tedio de una vida prescrita. El hambre agudiza el ingenio. La última campaña para la promoción turística y cultural de la Región de Murcia es una apuesta arriesgada y sorprendente.

La primera fase de la campaña tuvo como objetivo generar una expectación sin precedentes hacia la propia campaña. ¿Cómo lograrlo? El marketing viral es un conjunto de “técnicas que intentan explotar redes sociales preexistentes para producir incrementos exponenciales en la percepción del mensaje mediante procesos de autorreplicación viral similares a la expansión de un virus informático”. El rumor propagado a través del boca a boca en la única red social que existía hace unos cuantos años, la calle, es probablemente el precursor de esta estrategia de comunicación. Ahora, con las nuevas tecnologías, asistimos al incremento del número de redes sociales sensibles a estas técnicas de promoción: entre otras, Internet y los modernos servicios de telefonía móvil.
Retomamos. Para alcanzar el objetivo de la primera fase de la campaña murciana recurrieron al marketing viral, pero de una forma tan original como peligrosa: engañando a los medios de comunicación regionales a través de una fuente institucional. La Consejería de Cultura y Turismo convocó a los medios en rueda de prensa para presentar una “campaña de promoción turística sin precedentes” en la que se presentó a un supuesto experto en estereotipos, el profesor Vladimir Karabatic. Tras realizar una minuciosa búsqueda a través de Internet y realizar un par llamadas a la Associació d`Actors i Directors Professionals de Catalunya
he llegado hasta el hombre que se escondía tras el personaje. El actor catalán Josep Seguí sería el encargado de buscar un estereotipo que sirviera de instrumento para la promoción de la Región de Murcia en todo el mundo bajo la falsa identidad de un sociólogo croata. Ningún medio de comunicación sospechó la farsa. La nota de prensa se copió y pegó en todos los diarios, en todas las locuciones de radio y televisión y por supuesto, en muchos medios electrónicos, blogs incluidos. Todos tragaron. Los organizadores últimos de la campaña se frotaron las manos: tarde o temprano se destaparía la mentira y arrancaría oficialmente el proceso viral. ¿Quién sería el primero en gritar indignado: ¡nos ha engañado una institución pública!? No se hizo de rogar demasiado el segundo diario de la Región de Murcia La Opinión, otro actor necesario e involuntario para esta magnífica y maquiavélica obra de teatro. La cadena de acontecimientos que se sucedieron a la escandalosa revelación de la mentira (se confirmó que Karabatic era un actor aunque no su identidad concreta) fue sobrecogedor e imparable: reflejos de esta noticia en el resto de medios, incluidos los nacionales, debates televisivos sobre la idoneidad de la campaña, críticas políticas de los partidos de la oposición (y su consiguiente publicación), entrevistas a nivel nacional, cientos de entradas en blogs generalistas y monotemáticos e incluso supuso la creación de bitácoras que defendían o atacaban la figura de Vladimir Karabatic. El virus no sólo había afectado a una red social, la de los consumidores de los medios informativos, sino que se había propagado a otras, había llegado a la calle, a Internet, a la telefonía móvil. Si tienes a los medios tienes al país. La campaña había comenzado e iba francamente bien.

La mayoría de las voces que se escucharon en este primer tramo del proceso fueron negativas. “Esta campaña hundirá definitivamente a Murcia”, “Es un escándalo que una administración pública mienta deliberadamente a los medios de comunicación”, “La pérdida de confianza en el discurso del consejero de Cultura es abrumadora” y un larguísimo y picoso etcétera. Poco a poco, mientras el shock por el descubrimiento del engaño pasaba a segundo término, se empezó a percibir en el aire un olor a curiosidad. ¿Cómo continuaría esta campaña?




La segunda fase de la campaña entiende que ha alcanzado el primer objetivo, es decir, sabe que tiene a los medios y a la gente en sus manos. Es la hora de plantearse otra meta: implicar a la sociedad en la búsqueda del estereotipo. El profesor Karabatic (Josep Seguí) aparece de nuevo en la escena pública, no para confesar su verdadera identidad, ni mucho menos, sino para declarar que tiene dificultades para encontrar un símbolo que represente a esta tierra y que se siente obligado, como buen sociólogo que es, a estudiar la idiosincrasia regional y visitar todos sus rincones. La campaña abandona de esta manera la propagación viral y se dirige hacia estrategias promocionales más clásicas. Su recorrido en busca del estereotipo tiene también su reflejo en prensa y en Internet: reportajes, entrevistas en medios locales, videos en Youtube; si sumamos esto al hecho de que los últimos coletazos de la polémica rueda de prensa continúan muy vivos, obtenemos una presencia mediática importantísima.




La tercera fase prevé la participación activa de la sociedad en la búsqueda del estereotipo. El profesor de origen croata vuelve desalentado de sus numerosos viajes por la geografía murciana y emite un comunicado terrible: no ha encontrado el estereotipo murciano, y no lo tiene porque su oferta es muy variada. ‘Murcia no typical’ se convierte así en un slogan en estado embrionario, a la espera de su desarrollo. No tenemos estereotipo, ¿qué hacemos? Se pide, se ruega a la población que se ponga manos a la obra. Este requerimiento se realiza desde todas las plataformas difusoras posibles, especialmente desde su Web. Es la última vuelta de tuerca, lo que para mí supone el desmarque de esta campaña respecto a todas las anteriores. El estereotipo no es el objetivo sino el enemigo. De la supuesta búsqueda hemos pasado a la huida en todas las direcciones. La sociedad responde al llamado. Se nos pide que ofrezcamos ideas no estereotipadas de la Región de Murcia. Se nos pide que redescubramos la tierra en la que hemos nacido y la desnudemos de todos los prejuicios negativos con que se ha vestido durante tantos años. Esta es la fase en la que se encuentra, ahora mismito, la campaña de la Consejería de Cultura y Turismo y la primera herramienta para la difusión de esta visión no estereotipada ha sido implicar al festival digital Notodofilmfest y convocar el primer concurso online de spots publicitarios para una promoción turística… pues eso, no estereotipada.

Esta campaña puede, contra todo pronóstico, ser un éxito rotundo pero también abre el viejo debate de si el fin justifica los medios. Ustedes juzgarán.

Sin viento en las velas


Te recuerdo con la cara y las orejas rojas de tanto decir, llena tu boca de un espeso lodo de palabras. Te recuerdo muda, porfiadamente quieta, en el centro de un vapor que flota como una niebla sobre tu cama. Cansada de haberlo dado todo, de estar cansada y vieja, de no haber recibido nada a cambio. Te recuerdo quieta, en la habitación cada vez más apretada, cansada, de haber parido penas, de haber malgastado tus días, cansada de que te pesen los huesos, de tener el corazón achicado de tanto llorar, de que te falte el aire de tanto llorar, de sentirte ya sin fuerzas, de haber elegido estar loca para seguir viviendo, de quererme mucho y de tener los pulmones encharcados de tanto quererme, de quererme hasta la angustia y el dolor, de no poder respirar, de ahogarte. De consolar mi tristeza con tu tristeza. Te recuerdo quieta, en el espacio vacío y ciego del resto de tus días. Sin viento en las velas. Sin vida. Y así, cuando la muerte venga a buscarme, tendrá ese cansancio metido en el hueco de sus ojos. La última bofetada siempre será tuya.

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La explicación


Un cortometraje de Curro Novallas

Aguas estancadas


Esta tierra empieza a oler a perro, esa que busca el cobijo de las sombras, esa que está ahí enredada entre las raíces de los árboles que quiebran la superficie como las venas rojas de una mano vieja. Murcia es un pueblo espantadizo, cercano a un cielo que desprotege a los pájaros y a un mar apretado cuyas aguas regurgitan marineros de otras tierras. Son aguas de soñar, con un bramido gris que acaba por entumecer los corazones de las gentes. Murcia es una piña de colores con casas sin gracia donde siempre huele a sal y a limón, donde los hombres y las mujeres llevan la melancolía imbuida en las mejillas y en el blanco de los ojos, y donde los viejos, cachazudos como cerdos, viven adheridos a las páginas arrancadas de los calendarios. Aquí crece la fruta más sabrosa y dulce del mundo, aquí los gatos nacen ciegos, y los días se ventilan lentamente, con el resuello minucioso y plácido de una vida que sucede despacio o que tal vez no se vive del todo. Se diría por el color y la espesura de la tierra que este pueblo alberga rencor e inteligencia pero también se diría, por el color y la espesura, por el reflujo opaco del agua, que es un vómito de verde marino, que en el aire flota la tristeza. Es porque son tierras tristes que complace festejar para olvidar. No pasa un día sin que se bautice a un niño y, a falta de niño, a un perro o a un cerdo, o no se case, o no se entierre a alguien. Me he enamorado de esta tierra como se enamoran algunos matrimonios de conveniencia, sin darme cuenta, a través de las ensambladuras de los meses más sangrientos.

Murcia



Una producción de Bravostudios

Si no vigilas entre el centeno


Lo que sobreviene a una pregunta que no tiene un fin práctico es silencio. Silencio de todos, de quienes preguntan y de quienes no responden. Silencio que no ajusta nunca bien los postigos del caos espiritual en el que nos alojamos con tanta displicencia, silencio para decir buenos días, y silencio para decir buenas noches, silencio por cosas que no parecen pertenecer a este mundo, y sí, pertenecen, como el pan, las dietas de los lunes y los pómulos erguidos de los porteros de edificio.

Martín Abadía

Las mujeres atractivas pierden su misterio cuando conoces a sus hermanas; rasgos compartidos, deudas genéticas, herencias mezcladas. Con las obras de teatro pasa lo mismo, no es lo mismo disfrutar su resultado final que haber presenciado todos los ensayos y asistir a la consecuencia lógica de todos los esfuerzos previos; la magia se esfuma. Este desandar el camino por el que se ha llegado a una idea o a una emoción es muy útil cuando perdemos la cartera o entramos en una crisis nerviosa, pero es un invitado inoportuno y grosero cuando nos enamoramos o cuando disfrutamos de un buen café. Y yo... siempre le dejo entrar.

El apuntador de mis días aplaude o silba desde el teatro de mi conciencia desvirtuando la pureza de mis acciones y las de los demás. El espacio social se convierte así en un inmenso plató de televisión cuyo único objetivo es seducir a una audiencia formada por un solo espectador. ¿Qué perjuicios conlleva esta forma de vivir? Se me ocurre que impide vivir de verdad los buenos y los malos momentos, todos me parecen un reflejo en la caverna de Platón. Te acerca peligrosamente a la psicopatía ya que existe un distanciamiento profiláctico ante la realidad: los psicópatas tienen mermada la capacidad de sentir culpa pero son culpables y responsables de sus actos criminales. Puedes creer en la regulación del tráfico pero no en la fidelidad conyugal. Y bueno, esta forma de vivir te obliga a caminar con la cabeza baja y maldecir la falsedad, los motivos ocultos que hacen enarbolar todas las banderas.

Sabes que el origen de casi todas las buenas acciones es el miedo. Sabes que las parejas son convenios entre empresas con un valor de activos, patrimonio y ventas similar. Sabes que si hubiera público cualquiera se tiraría dos veces al mar para salvar a un niño. Sabes que no eres mejor que todos ellos. Sabes todo esto y te preguntas qué debes hacer. Sólo hay dos opciones: el destierro o el olvido. Sólo si matas al apuntador puedes llegar a ser funcional, operativo en esta sociedad. Sólo matando al espectador puedes alcanzar cierto grado de felicidad, esa que han programado para ti, españolito de a pie, la del título universitario u oficio técnico, la de la pareja heterosexual y monógama, la de los domingos familiares, la de las pequeñas satisfacciones laborales, la de cumplir sueños (escribir una novela, viajar por todo el mundo, encontrar el amor verdadero) que misteriosamente compartimos. Y si esto no te gusta siempre puedes hacer tu maleta, jugar a tocar el horizonte o vigilar que los niños no se acerquen al precipicio que se oculta tras el campo de centeno. A veces me pregunto si J.D Salinger no será un ejemplo a seguir: escribe una puta genialidad y desaparece. Qué cabrón.


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A thousand words



Un cortometraje de Ted Chung

Diplomas olímpicos


Cuando tengo ganas de follar escribo mejor. Supongo que la impaciencia de los cojones espolea mi inspiración. Ganaré certámenes y perderé chicas, qué se le va a hacer, todo sea por esta aspiración, la última que me queda, de ser autor de malas novelas. Ése es el deseo: La ambición de permanecer más allá de la memoria de los que me recuerden cuando falte. El último tributo que el individuo se ofrece a sí mismo antes de renunciar a su identidad. La esperanza insaciable de gritar tu nombre, alto y claro, en esta orgía sonora donde todo se complica y nada se aprende. ¿Cómo una vida plena puede no incluir uno de sus placeres más nobles, como es la apreciación del arte y el deseo de generarlo?
No entiendo a las personas que se colman con una vida de consuelos cotidianos, que se levantan cada mañana para ir a la oficina, que pagan religiosamente sus facturas, que comen cada día en la mesa familiar y comentan el último partido de fútbol o la última mentira política. Esas personas me dan asco. Tampoco entiendo a los idealistas y sus proclamas, sus viajes al extranjero, sus pequeños incendios corporales ante cualquier injusticia social. No entiendo tanto enaltecimiento por cosas que pasan en una piedra redonda que da vueltas en la oscuridad.
No soy un revisor de tranvía que agujerea billetes y sólo busca anunciar bien la parada. Soy un neurótico, la consecuencia lógica de aspirar tan alto y volar tan bajo. Esto significa que sufro exageradamente, cualquier cosa es un motivo para llorar o para fingir que se llora. Los cementerios están llenos de escritores fracasados. Hombres y mujeres que buscaron en el arte de escribir la excelencia de una vida y encontraron un desagüe estrecho para su neurosis.
Ser un escritor mediocre no es lo peor, lo peor es que no seas bueno del todo. Ocurre lo mismo con las mujeres que nos gustan. Lo jodido no es que te ignoren o te odien sino que no les gustes lo suficiente. Todos saben que es preferible llegar el último que el cuarto; a ciertas mujeres les metería el diploma olímpico por el culo.
Hay algo noble, épico y suicida en esto de insistir conscientemente en el fracaso diario, en asumir con todas las consecuencias una vocación que sabes que no te pertenece. Como diría el plumilla (mi alter ego para las frases que me avergüenzan) “prefiero fracasar escalando el Everest que coronar todos los días el bache de mis conformismos”. Sí, vaya frase de mierda, será que el plumilla folla mucho últimamente.
Ahora sólo puedo escribir que no escribo bien, algo que le está permitido exclusivamente a Vila-Matas, y me escondo en mi cuarto a la espera de que llegue una idea, una historia, algo que sea digno de contar. Pero nunca pasa nada. Y es eso lo que acabo escribiendo en mi ordenador, que nunca pasa nada, que nunca pasará nada y que sufro por eso. Como yo, tantos otros, que publican libros para los que no habrá una segunda edición en los que cuentan que no pasa nada, que no pasará nada y que sufren por eso.

Ésa es la maldición de los hombres con vocaciones equivocadas: prefieren llorar en palacio que reír en la pocilga.


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El encargado

Un cortometraje de Sergio Barrejón

Servilletas negras


Una cafetería con servilletas negras es una cafetería que no cree en la poesía. Nuestra vida se parece a esta pequeña aberración y nuestra distancia, al color de las palabras soportadas. Quizá no me veas, quizá no puedas ver a nadie tan perdido de frío en este lado del mundo. Si pudiera encontrarte de nuevo, sabría lo que decirte, aunque luego te diera por pensar que mis ideas son abominables y costumbristas, ¿pueden ser las dos cosas? Te diría, por ejemplo, que seguro que la muerte me busca en la puerta de tu casa, o dentro de tu boca, pero tus orejas se han cerrado por este malcriado uso de las palabras sagradas que tengo. Ya no me crees. Hace tiempo que desmontaste el altar de mi personaje. No soy para ti más que la luz de un sueño que no recuerdas cuando despiertas.


A la sombra de tus horarios, el mundo parecía un lugar menos asqueroso, contigo, mi cuerpo volvía a ser un espacio habitable. Puede que la vida sólo nos conceda aquello que después sabe robarnos. Si lo pienso, me detesto. He puesto todas mis esperanzas en tus respuestas incorrectas. Me arrodillo bajo el cielo de tus errores implorando uno más. ¿Tendré que aprender a vivir sabiendo que nunca guardaremos la ropa en el mismo armario?
Puta vida.



-¿Qué escribes?

-No me gusta esta cafetería.

-¿Eso has escrito?

-No, no, es sólo una parrafada, un boceto.

-¿Me dejas que lo lea?

-No.

-Joder, que seco eres.

-Es sólo una parrafada, más de lo mismo, sentimientos comunes, formas comunes de expresarlos.

-Seguro que es muy bueno.

-No, no lo es.

-Ernesto, mírame, vales mucho, muchísimo, y ya es hora de que empieces a creer en ti mismo.

-Ya…

-Creo que te exiges demasiado. Mira, en el libro que estoy leyendo dice que “debes tratarte como si fueras tu mejor amigo”.

-¿Autoayuda?

-Son buenos consejos.

-Autoayuda.

-Sí joder, ¿y qué?

-Que es mierda.

-¿Sólo se te ocurre decir eso?

-Que es filosofía, pero sin talento, masticada y comercializada para dar la sensación…

-Sin talento, ¿como lo que escribes?

-Que te jodan.

-Que te jodan a ti.

-Zorra.

-Fracasado de los cojones.


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Sí, yo también estoy enamorado de la Binoche. Tremenda, sucia, urbana, real, atroz escena, con rango de cortometraje.



Code inconnu




Escena en el metro, de la película Code inconnu, de Michael Haneke

Lo que pasa cuando no pasa nada


Tengo 29 años.
Si te revelo
este secreto de calendario
es para que comprendas
que estoy doblando una curva
y que tú puedes estar después de la curva
haciendo auto-stop.

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Debería haber leído menos libros, haber visto menos cine, haber amado a menos mujeres. Quizás no me sentiría ahora tan desencantado. Si pudiera hacer de mis fracasos y victorias sentimentales una de esas secuencias rápidas, musicales, cinematográficas, seguro que me entenderían mejor. Verían, encadenadas por el ritmo, imágenes de mi cuerpo, dormido sobre mi sangre, besos en todas las horas del día y en todas las estaciones del año, labios agrietados que pronuncian todavía en la vigilia: qué hermoso es despertar a tu lado, desayunos de hotel con mantequilla empaquetada, zumo de naranja y ojeras felices, imágenes de uñas y pelo, entre sexos desorientados por el alcohol, oirían poesía de segunda y gritos de animal salvaje a través del teléfono, llantos, risas y boqueos de pez, verían un plano detalle de mis ojos (incrédulos) mirando algo que sólo se desvela con el plano siguiente, un picado que deja ver mi peine con cabellos rubios enredados; tras esto, un pequeño y lentísimo travellin de acercamiento a la delgada desnudez de mi espalda, que tiembla, que suda, sola. Los fotogramas irían precipitándose, uno tras otro, y todos empezarían a sospechar que la balanza moral se inclina hacia el lado equivocado, y que hay demasiadas imágenes para un protagonista tan mediocre. En esa secuencia habría espacio para las grandes palabras. Cientos de te quiero: tramposos, inflados, estúpidos, hipócritas, ambiciosos y muchos lo siento, azules, blancos y negros. Tuve claro desde mi adolescencia que exploraría a fondo el sentimiento del amor, también su cara oculta, y dios sabe que lo he conocido, hasta la médula de mis huesos. Por eso ahora, cuando te acercas a mí y me preguntas cómo me llamo, qué edad tengo, en qué trabajo, me retraigo a una soledad de telespectador para ver mi obra, mi secuencia musical. Por eso mi mirada es huidiza, porque no quiero que descubras todo el horror y todo el gozo que he encontrado en dos décadas de búsqueda de un absoluto que no existe. Por eso te vas asustada. ¿Qué no he llegado a sentir? ¿Qué no he llegado a perder? Soy una vida prematuramente gastada .
Arrastro esta desilusión con diástoles difíciles de acelerar. Cómo voy a disfrutarte si ya he leído tu guión, si sería capaz de adelantar los capítulos que quieres escribir conmigo. Esperar es una pérdida de tiempo, prefiero cerrar la puerta con llave y tirarla al mar. Eso es lo que pasa cuando no pasa nada, que lloras solo en una habitación de hotel tras haberte masturbado con el recuerdo de la última vez que hiciste el amor.

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La Escuela de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC) es un centro privado, adscrito a la Universidad de Barcelona, en el que se imparten las materias precisas para la buena formación de los futuros profesionales del cine y de lo audiovisual. Esa sería la descripción oficiosa, para mí, es más bien un mercadeo de mediocres, un vertedero de personas que han creído que el deseo bastaba para justificar la vocación. Los alumnos de cierta rama tienen la posibilidad de hacer, a través de prácticas con equipos de primer nivel, trabajos audiovisuales que finalmente constituirán su mejor currículo. La mayoría apesta: lugares comunes, experimentos que sólo ellos pueden entender, generalidades varias. Y de vez en cuando, algo rescatable. Les presento uno de esos casos.


Que te ibas a tirar al mar

Un cortometraje de Alejandro Javaloyas
(inspirado por 'El río', relato corto de Julio Cortázar)

La vergüenza de los relojes


No me tires de la lengua compañero. Hay que tener muy poca vergüenza para hablar de las grandes cuestiones cuando no se tiene, realmente, ni puta idea del asunto. Para hablar de la guerra, del hambre, o del coraje deberíamos primero haberlos conocido y ojo, no me incluyo. En esta sociedad de mínimos, de anestesias locales, son muy pocos los que hablan con criterio, y eso sí que puedo decirlo. Nos queda, a los que no hemos librado ninguna gran batalla, el consuelo de escuchar voces que sí lo hicieron. Aprender de ellas, seguir sus consejos, porque son historia, testimonios de un infierno que podría repetirse. Pero nadie escucha. Nos han enseñado a llorar otras tragedias, la del chico que no llama durante el fin de semana, una oposición perdida en el último tramo de la última exposición, crisis que no impiden llenar la cesta de navidad, melodramas menores para sensibilidades cloroformizadas. Nadie escucha. Y el mejor ejemplo lo tenemos aquí, en la red. No veo ese paraíso pluricultural, retroalimentativo y supercalifragilísticoespialidoso que nos prometían (la mejor parte de Apocalípticos e integrados), ni un Nirvana de opiniones libres, ni debates bienintencionados, ni oportunidades para encontrar (entre la mierda amateur) creaciones artísticas que merezcan ese calificativo. No, sólo veo una gigantesca ola de monólogos, túneles oscuros e insonorizados incapaces de soportar la luz del sol o el aire fresco del exterior, condenados así al anquilosamiento productivo, al más obsceno de los estados vegetativos. La mayoría de esos hijos de puta tiene la bocaza muy grande y las orejas muy pequeñas. Tenemos opiniones demasiado fundadas, inamovibles formas de no hacer caso al vecino. Sufrimos una suerte de parálisis mental que impide asumir nuevas ideas y discutir viejos principios. Nos hemos aupado a un altar de helio y paja para sermonear a un populacho que sólo existe en nuestra desquiciada imaginación. Somos gilipollas macho. Estamos perdiendo la ocasión, quizá la última, de sacarle jugo a todo este tinglado. Los hay que realmente tienen algo que decir, pero nadie les escucha por este griterío de páginas, portales, buscadores con censura, blogs, bitácoras y su puta madre. Y luego pasa lo que pasa, que los aplausos que se dedican al mediocre impiden escuchar las palabras del virtuoso. O peor, que el virtuoso, viendo cómo está el patio, hace la maleta y manda quemar, a lo Kafka, la sudada obra de toda una vida. ¿Para qué va a publicarla? Cada lector es un saco roto. El mundo está hablando y nadie escucha. Bienvenidos a la democracia de los sordos.

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¿Q ejercicio de hipocresía el mío? Eso no me lo dices en la calle. Si digo lo que digo es porque puedo, porque me paso las semanas buscando y seleccionando, porque doblo la rodilla ante cualquiera que me demuestre que puede sumar con gracia. Por ejemplo, Ahmed Imamovic, el director del mejor corto europeo en 2002. Y no me vengas con que piso en firme con los ganadores de tal o cual certamen, porque no suelo hacerlo. 10 minutes (lo dejo en inglés para no confundirlo con el premiadísimo cortometraje de Alberto Ruiz Rojo) es uno de esos trabajos que hacen personas que tienen algo que decir y han encontrado la forma de superar la anestesia general del mundo (Atentos al plano secuencia). Un cortometraje perfecto, donde no sobra nada. Diez minutos de banalidad y de horror, de espanto y de ternura, diez minutos para esperar impaciente el revelado de unas fotografías o para suplicar un pedazo de pan mientras esquivas las balas. Tic Tac.

10 minutes
<<

Un cortometraje de Ahmed Imamovic

Los días que vendrán

Para Airam

Pongamos que soy un reconocido productor audiovisual, y alguien, usted mismo, me propone rodar un documental. ¿Sobre qué? Le pregunto mientras pienso en la cantidad de temas candentes que hay en la actualidad. Y usted dice: Sobre unos niños que preparan una función de teatro para el último día de curso. Y yo, que soy un reconocido productor, le mando a tomar por culo con mucha educación. ¿A la americana, lumbreras? Pregunto. Pues sí, con padres, y música, y buen rollo. Me contesta usted. Es entonces cuando señalo la puerta de mi distinguido despacho y le regalo una de mis sentencias favoritas: No me he convertido en el productor que soy dejándome llevar por tipos como tú.

Pero un buen día te cruzas con La clase de Beatriz M. Sanchís y oye, que no tengo razón. Que se puede hacer, que si se hace bien te llevas (de calle) la mitad de los festivales que hay en España, que en buenas manos no es un tema trillado, sino una oportunidad de recordarnos quiénes fuimos, que la cosa no está tan mal, que los críos son una página en blanco, y por tanto todos los futuros posibles. Que si los sabes manejar aprenden buenos valores, que es una lección de esperanza, de lucidez, un fogonazo de nostalgia, que emociona, que no son todos unos hijos de puta, que se te queda sonrisa de idiota, que lo disfrutas. Coño, ¡si hasta me han dado ganas de tener hijos!


En fin, si es verdad que al futuro se entra de espaldas, espero que lo hagamos para mirar nuestra infancia y recordar lo que fuimos. Cuando todo era posible. Antes de los gritos, los golpes y el desencanto. Quizá, gracias a esa mirada, rescatemos una vieja ilusión, o un objetivo olvidado. Eso es precisamente este documental: una mirada a nuestro pasado que comparte, con el presente de la generación que llega, la inocencia de las primeras palabras, de los primeros miedos, de las primeras ilusiones. Cuando casi todo estaba sin nombrar y la desesperanza sólo era un extraño presentimiento en el silencio de nuestros padres.



¿Cómo puede el nuevo mundo lleno de confusión e ilusiones y cegado por el miraje de frases idealistas ganar contra la férrea combinación de hombres habituados a dirigir las cosas que sólo tienen una idea que les hace mantenerse unidos: la de preservar lo que poseen?

John Dos Passos



Ni idea. Sé que las buenas intenciones están mal organizadas, mal pagadas y llenas de hidrógeno. Les falta, a los bienintencionados, la diabólica determinación de los avaros. Les falta una gran motivación, una gotita de saliva que resbale desde el colmillo hasta el mentón. El adolescente más revolucionario no tiene ni una quinta parte de la voluntad o la fe (en el poder, en la posesión, en el dinero) que tienen los implacables hombres de negocios que desprecia. Pero también sé que el mundo no necesita más pesimistas. Ellos, los críos, no necesitan más pesimistas. Les pertenecen los días que vendrán. ¿Es mucho pedir creer en ellos? ¿Decirles que lo establecido es sólo un conjunto de decisiones que tomaron personas que ya no están aquí? ¿Que pueden reinventar el mundo? ¿Es mucho pedir?

No lo creo.


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La clase

video

Un documental de Beatriz M. Sanchís

Corre, imbécil, corre

No tienes tiempo para pensarlo, pero no importa. ¿A quién le importa? Bastante tienes ya con los malabarismos de cifras para llegar a fin de mes, con el sacrificio de todas tus horas útiles para conseguir tu plaza pública, con cumplir religiosamente con la hipoteca o salvar el cadáver sin maquillar de tu matrimonio. Esta sociedad está pensada para que no tengas tiempo para pensar. Un gran montón de mierda que quieres conquistar por razones que ya no recuerdas. No tienes tiempo, lo sé, tranquilo. Y si además hay crisis de las subprime, si hay una nueva versión de Windows, si hay Belén Estebán en la tele, si hay globalización y atentados, y películas de acción, y conciertos de becerros, y gente sin afeitar a la salida de los Mercadonas, y reuniones del G20 (+2), y semen en tus cojones de cornudo, pues mucho menos, ¿no? Tranquilo hombre, sólo tienes que poner el piloto automático del pensamiento único, oferta única ya en todas tus tiendas Vodafone.

Si ya era complicado pensar por uno mismo en un cutre país de audiencias ahora, que te han cosificado y empaquetado con un preciosísimo lazo azul para tu distribución en todos los grandes almacenes de Consumilandia, se ha vuelto casi imposible, casi.

Qué más darán los muertos de nuestra felicidad. Qué más dará el rebrote del caciquismo local, los intereses de la industria farmacéutica, el racismo de clases (no por el color de la piel, sino por el color de los billetes en nuestra cartera), el origen de la inmigración ilegal, la ausencia de valores o la presencia de rasgos salvajes en los adolescentes. ¿Qué más da? Siempre puedes leer la biografía del Ché o El niño con el pijama a rayas y vomitar un discurso encendido y solidario sobre la condición humana mientras paladeas un capuchino con tus amigos-paquete.

No tienes tiempo. Te roban el tiempo. La nómina congelada, los precios se disparan. Las deudas. La comida en la mesa ya no es de marca. Encontraste marihuana en los vaqueros de la cría. No duermes bien por las noches. No llegas. No tienes tiempo. Te roban el tiempo. Los acreedores. Tu pisito en el centro. El dolor de espalda. El viaje insustancial al Caribe que le prometiste a tu mujer. No tienes tiempo. Te roban el tiempo. Tus hijos son un crédito que tienes pagar día a día. Estás cansado. Te haces viejo y no has conseguido nada. No tienes tiempo. Un silbido doloroso en el pecho. Te roban el tiempo. Escuchas en el telediario que el 80% de las mujeres embarazadas abortan si descubren que su hijo nacerá con el Síndrome de Down. ¿Y qué? De qué coño te están hablando. Tienes cosas más importantes en las que pensar, ¿no? No tienes tiempo. Te roban el tiempo. Te han engañado, te has tragado la mayor estafa que se podía inventar en esta piedra azul que da vueltas en la oscuridad. No tienes tiempo. No tienes tiempo, corre, corre, corre, pero oye, que no se te vaya a caer el lacito, grandísimo hijo de puta.


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Uno más, uno menos


video

Un cortometraje de Álvaro Pastor y Antonio Naharro

Tantas veces nunca


Hemos invadido de civilizaciones los silencios más tristes. Hemos ensuciado los hoteles baratos de tu ciudad y la mía con el sudor impaciente de los fugitivos. Sólo que no lo sabes.

Todavía no sabes por qué los pájaros azules emigraron al envés de tus caderas, ni por qué los niños, los vagabundos y los perros te saludaban y sonreían, como guardando un secreto compartido. Probablemente nunca lo sepas. Y yo lo olvide.


En el atajo escandaloso,

que separa tu boca de mi boca,

han dejado de discutir

todos los relojes del mundo.


Hemos caminado dos metros por debajo del nivel del mar y tres por encima de los sombreros más distinguidos, soportando el frío de las palabras que se quedaron sin decir, las repentinas e inofensivas maneras de odiarnos que teníamos a veces.

Para nosotros, los sentimentales, es fácil levantar una casa en el entrevagones y llenarla de flores, sillas e imprudencias. Qué hermoso fue contar cada noche tus pestañas y robarte el rojo afilado de los labios. Sólo que no lo sabes. Probablemente nunca lo sepas. Y yo lo olvide.

Entre las grietas, de las ruinas, de la guerra más cobarde, nunca crece la hierba. No sé si te das cuenta. Como sigamos así, sólo nos va a quedar la molestia de vivir mientras esperamos el tiro de gracia.


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Terminal


Un cortometraje de Aitzol Aramaio

Sobrevivirse


Tiene semillas en los labios que nadie quiere ver crecer. Tiene un corazón con remiendos mal cosidos. Tiene infancias en todas sus pecas. Hay peces muertos en la orilla de sus ojos. Y un auditorio sin butacas en el cielo del paladar. Confunde sus privadas melancolías con estados generales del mundo. Ya no puede mirarse al espejo sin gritar, ni escribir la palabra ‘flor’ sin querer cortarla después.

La ciudad donde vive le parece una vocación frustrada, un beso que no se dio. Sólo tiene que mirarla a las seis de la mañana para sorprenderla sin el maquillaje del hormigón y el cristal, de los coches, de las personas ocupadísimas, de la cortesía del paso de cebra. Entonces aparece su desnudez ahuesada, y la ve llena de crímenes incultos, de soledades multitudinarias, de guiones plagiados.


Sabe que siempre hay un árbol cerca de la casa de los suicidas.


No le queda más remedio, si quiere sobrevivirse, que reinventar su biografía. Colocar burbujas de espuma sobre cada gota de sangre derramada y esperar, esperar que algo cambie o que alguien aparezca con una corona de difuntos. Porque siempre fue una hija de puta con mucha imaginación.


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Todo un caballero

Un cortometraje de Josete Huedo

¿Qué edad tenías al nacer?

Me dijiste:


Échale silencio al ruido

De los cuervos que te rondan el alma

Esos que quebrantan tu palabra antes de que exista y sea

Esos que no vuelan alto

Sino que acechan tras el recodo de todos los tendones quietos

Acalla sus vuelos con el movimiento de tus manos ciegas

Que yo te espero desnuda

Échale valor al miedo

De tus fantasmas despiertos

Esos que danzan sobre la tumba de todos los movimientos estériles

Riéndose en tu cara

Mordiendo tu futuro

Devuélveles la muerte y haz que regresen a su patria indemnes

Que yo te espero desnuda

Échale sangre a tu herida

Y no la protejas ya más

Y no la cures

Y no la pierdas

Y desnúdala ante mis ojos para que yo la limpie

La recorreré con los dedos mojados de dolor por ti

Para que no olvides la lección que te enseña

Y mírala a los ojos, llamándola por su nombre

Que yo te espero desnuda


Te dije:


Los dentistas han perdido su chistera y ya no hay misterios en las tiendas de ultramarinos. Al último rey mago lo ingresaron ayer en el hospital universitario, por sobredosis. Cada vez hay menos motivos para cepillarse los dientes y los revolucionarios barbudos del siglo XXI son porteras que hablan en prime time. Y así seguimos, día a día, sabiendo perfectamente qué edad teníamos al nacer, cada vez más prisioneros del hemisferio izquierdo, sin levantar la tregua, en esta guerra nuestra de abecedarios cruzados. Me da igual. Seguiré corriendo hasta la frontera, saltaré el muro disfrazado de payaso, hasta que me iluminen los focos de todos los torreones, hasta que me besen el pecho con la metralla. Quizá les cuente a los centinelas un chiste mientras muero o les haga mi último y más prodigioso truco de magia.
No puedo creer que un año tenga doce meses ni que la gravedad nos vaya a mantener siempre pegados al piso. En fin, no es culpa mía que me guste levantarme contigo por las mañanas, abrir la ventana para que salgas, y preparar café mientras espero a que vuelvas y me cuentes de qué color es hoy el cielo.


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Irreductible



Escena inicial de El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela (Poema de Oliverio Girondo)

Ya sólo habla de amor


Cuando hablé con ella la primera vez, no tuve la sensación de conocerla. Fue más bien como recordarla; como si fuera una vieja fotografía, llena de sepia, que poco a poco fuera recuperando formas, intensificando sus colores, ganando en cada palabra algo de nitidez, perdiendo sus amarillos hasta aparecer ante mis ojos como una figura de intenso presente. Ese día pensé que ella era el mejor recuerdo de una vida que nunca tuve.

No sé por qué le gusto.

Me gusta mirarla cuando habla con otros. No le pasa como a mí, que me cuesta mucho hablar con las personas. Casi nunca digo lo que se supone que debo decir y siempre se aprovecha la mínima oportunidad para dejarme solo, con mi absoluta falta de empatía. Ella no tiene mi torpeza, ni mi vulgaridad, ni mi impaciencia. Sabe usar las palabras y las dice con encanto, a media voz, casi siempre con una media luna cómplice dibujada en la cara. Se apasiona con todo lo que le ocurre, con lo que le dicen, y reacciona con sincero interés. En eso, tampoco se parece a mí. Me aburren todas las cosas que me pasan, me aburren casi todas las conversaciones. Siempre tengo la célebre sensación de estar conociendo a la misma persona una y otra vez. Nadie habla de ideas. Sólo se habla de hipotecas, coches, oficinas y lugares. Eso me aburre. Preferiría hablar de la angustia de no llegar a fin de mes, de la velocidad, de la falta de ilusión laboral o del deseo de huir lejos, ¿me entienden? De las cosas y no de sus etiquetas. Me siento el niño más repelente de la clase cuando voy a cualquier reunión social. Allí, en las reuniones, se habla mucho pero se dice muy poco. Es como si les hubieran repartido a todos un mal guión. Un guión que yo no tengo, así que sólo me queda improvisar. Yo no sé improvisar.

Ella no es así. Me sorprende la capacidad que tiene para abandonar una conversación y entrar en otra, involucrarse en otra. Nadie se siente ofendido cuando se aleja. Todos la reciben agradecidos. Ella siempre suma. Parece que bailara con las palabras y con el espacio. Ella sabe que es atractiva, pero lo lleva con naturalidad. Eso me gusta.

No me juzga, ni idealiza mi silencio, sabe que no soy nada más que lo que hago y digo. Eso también me gusta.

Un día le preguntaré por qué le gusto. Y ese día me querrá un poco menos. Yo me asustaré muchísimo. Y se irá. Me dejará solo, con mi absoluta falta de empatía. Ese día pensaré que ella es el peor recuerdo de mi vida.


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El encuentro

video


Un cortometraje de Sergio G. Sánchez

No puedo seguir. Seguiré.


Afeitarse todos los días puede ser un pecado terrible. Cuando me miro en el espejo veo a un hombre de un solo color, de un solo pantalón, de un solo disco, de una sola pieza, de 29 años. Bebo café entre periodistas y no entiendo sus bocas llenas de pájaros. Olvido los nombres de las plantas y de las flores y ya sólo invento horarios fijos: sólo soy un verdadero artista cuando vacío el lavavajillas o enciendo un cigarro. Reconozco que en el espejo sólo veo un hombre acabado: un rompecabezas resuelto hace mucho tiempo, de 29 años, con un miedo íntimo entre los huesos, miedo de lo grande, de lo pequeño, miedo a decir una sola palabra.
El mundo me parece algo noble y algo repugnante. Hay mucha basura y pocos basureros. Pero yo tampoco soy un misionero, no hago nada para cambiar las cosas; soy débil, y la azada pesa demasiado. No me atrevo a escupir, porque sé que también merezco que me escupan.
Hubo otros días pero ¿a quién le importa realmente? ¿A ti?

Supongo que sólo trato de decir que es una lástima que nos hayamos perdido y que ninguno de los dos vaya a ser el dueño del gigante que se esconde en nuestro silencio.

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Nuestras palabras
nos impiden hablar.
Parecía imposible.
Nuestras propias palabras.

(En cierto sentido todas las vidas son una misma cosa,
ya que cada vida es una cuerda.
Pero unas cuerdas sirven para saltar a la comba
y otras para ahorcarse)

y aquí entre dos calmas
lejos del cementerio
abro un libro de silencios
por la página de tu espalda
y encuentro la palabra alegría
y la palabra alegría lleva acento
y yo se lo quito
y te lo pongo en la nuca



Pedro Casariego

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On S'Embrasse?



Un cortometraje de Pierre Olivier